-Mamá, cuéntame esa historia de cuando tú eras joven.-Le miré y no pude evitar arrugar la nariz al escuchar esa coletilla. ¿Cuándo me había vuelto una vieja?

-Gaby, mamá todavía es joven.

Se agarró a mi pierna y empezó a tirar de mi camiseta mientras no paraba de repetir, una y otra vez, la misma cantinela.

-Jooooooo... mamá, ¡cuéntame! ¡Cuéntame!

Apoyé mi mano sobre su rubio cabello, despeinándolo, y me senté en una de las sillas del comedor. Cogí a Gabriel entre mis brazos y lo senté sobre las rodillas.

-Si ya te lo he contado muchas veces.

-Lo sé, pero es un cuento tan bonito.

Deposité un dulce beso sobre su mejilla y asentí.

-Está bien.-Dejé que mis ojos se centraran en el cielo grisáceo.

»Había una vez un país donde había trabajo, donde la gente tenía un sueldo todos los meses y podía comer todo lo que quisiera, sin controlar el precio de los alimentos.
Un país donde la educación era pública, y todos los niños tenían derecho a ella.
Un país donde no tenías que pagar por ir al médico.
Un país donde había medicamentos gratis para los abuelos.
Un país donde los abuelos recibían unos sueldos con los que comían el mes.
Un país donde había gente con trabajos fijos, que habían conseguido  gracias a su esfuerzo y que dormían tranquilos porque no podían ser despedidos.
Un país donde si te despedían tenías derecho a muchas cosas, como cobrar una indemnización, paro y diversas ayudas.
Un país donde con un sueldo se podían pagar todas las facturas.
Un país donde la gente cobraba pagas extras, con la que los papás y los mamás podían celebrar unas fantásticas navidades o irse de vacaciones.
Un país donde había gente que trabajaba bajo tierra, en las minas.
Un país donde se podía confiar en los bancos.
Un país donde los políticos trabajaban para nosotros. Miraban por el bien común y no por su propio bienestar.


-Mamá, qué bonitas historias te inventas.