Odio mi vida. Sí, como leéis, la odio. Hay días que sería mejor que ni me levantara de la cama pero no, soy muy cabezota y como tal me levanto, o también puede ser que el perro, desde esa esquina de la habitación, con su cara triste, me haga chantaje para que me incorpore, me vista y le baje a la calle.

Ya estoy despierta. Ya estoy vestida. Ya... ya no puedo volver a la cama (aunque quisiera).

Hoy es uno de esos días, bueno hoy y ayer, y antes de ayer, y el fin de semana.... no acabaría. Es un año malo, muy malo y esos momentos en los que parece que nada puede ir peor, zas, te tropiezas y vuelves a caer, cada vez más profundo. Una caída libre sin paracaídas y sin freno.

Estoy cansada de levantarme, de mostrar esa sonrisa que... cada día aparece más tarde y que el brillo de mis ojos ha desaparecido siendo sustituido, más a menudo, por la lágrimas que van pudiendo conmigo.

Una pregunta ronda mi cabeza y no la puedo hacer acallar, ¿por qué? Pero la respuesta es sólo un eco sordo del silencio que la puebla.

Necesito un cambio. Necesito que por una vez, sólo una vez, la Señora Suerte llame a mi puerta y me diga: Ya es tu hora. Es tu momento.

Ding Dong

-Perdonad, creo que llaman....

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