-¿Sabes....? Me he enamorado. Sí, no me mires así -pasé mis dedos por tu mejilla, mientras una sonrisa condescendiente nacía en mi rostro-. Ufffff... Paul, nunca me tomas en serio.

-Jajajajaja... Elise, no te enfades -pero sí, lo estaba consiguiendo. Tus pies te alejaban de mí y mi mano, inerte, ante tu gesto, cayó sin fuerzas-. Vale... no te enfurruñes... -avancé, acortando la distancia que nos separaba, y posé mis manos sobre tus brazos, que ya habían adquirido una posición de defensa ante mis palabras-. Dime... por qué sabes qué estás enamorada.


Una sonrisa emergió lentamente, coronada por unas mejillas que habían adquirido un tono rosado, emparejado por los destellos que nacían en tus ojos celestes. -Porque cuando pronuncia mi nombre un temblor recorre mi cuerpo de arriba abajo. Porque cuando sus manos me tocan siento que una marea crece en mi interior esperando que me sonría, que me mire con esos ojos dulces y que pronuncie las palabras que yo ya sé... que yo ya conozco, pero él... -tu mano se soltó de mi prisión para acercarse a mi cara-. Él cree que soy una niña... que la diferencia de edad puede alejarnos, pero... -te habías acercado más a mí, eliminando cualquier espacio que pudiera separarnos, haciendo que nuestros cuerpos pudieran sentir aquello que tus palabras querían describir-. Paul, yo te quiero, te deseo y sé... sé que esto puede funcionar, podemos ser felices porque tú... -el silencio nos rodeó mientras yo, por temor, no me atrevía a decir lo que ya sabía -me quieres.


Elevé mi mano atraída por la tuya. Aproximé mi rostro al tuyo, dejando que mi frente reposara en tu cabello mientras tu olor inundaba mis sentidos.


Necesitaba decírtelo, quería confirmar tus palabras pero... -Elise... será mejor que lo dejemos estar porque... porque no puede ser.- Dí dos pasos hacia atrás, me giré sobre mí mismo y eché a andar para retomar nuestro camino.
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