Me lo repetía una y otra vez, que no era buena idea, que tendría que volver a casa, pero no podía. Estaba empapada. Mi ropa era un desastre. Mi pelo, pegado a mi cara, parecía un mocho de fregona sin ningún orden. Todo ello acompañado a cómo me encontraba, dolida y necesitada de un abrazo o mucho más.

Esta noche me había arreglado como hacía años que no lo hacía. Tenía una cita y no era con cualquiera, sino con César, mi querido César. Había sido mi novio durante mucho tiempo y aunque, me había dejado en la estacada, liándose con mi mejor amiga, necesitaba verle.

Recibí su llamada, hace ya dos días, donde me decía que quería hablar conmigo. César quería verme, a mí. Un escalofrío me había recorrido de arriba abajo ante la expectación que sentí.

Salí corriendo de casa, necesitaba contárselo a alguien, a Bruno, mi mejor amigo. Él fue mi paño de lágrimas cuando pasó lo de la ruptura y necesitaba contarle lo de la buena nueva. No podía evitar estar feliz y querer compartir mi felicidad con él.

Ahora, delante de la puerta de su casa, empapada y dolida, ya sabía que sus palabras no habían sido pronunciadas para herirme sino porque se preocupaba por mí. Pero yo no quise escucharle.
Me encontraba desamparada. No sabía si llamar o no. A mi mente sólo acudían las imágenes de nuestro último encuentro.

–Bea, te hará daño – fue como un jarro de agua fría – después de tantos años no puede querer nada bueno.

–No le conoces, ¡nunca has sabido cómo era! ­– no sé cómo pude decirle esas palabras. Él, que me había consolado, que me había escuchado cuando más lo necesitaba. – Puede,.. puede que me quiera; que se haya dado cuenta de que me quiere y que quiere volver conmigo – ahora me daba cuenta de que mis palabras habían sido dichas porque me dolía la reacción de él. No entendía por qué se comportaba así.

–Creo Bea que no quiero saber nada más, que te estás equivocando. Te darás cuenta, pero ya será tarde – y se marchó calle arriba, dejándome sola.

–No, no me equivoco. – estaba sola y dolida – ¡ Ya lo verás !

Y ahora, empapada, tras la lluvia que había caído sobre la ciudad, y congelada, no sabía qué hacer. Me encontraba en el portal de Bruno esperando que una gota de valor me incitara a pulsar el botón que me comunicara con él, pero la vergüenza, o más bien la cobardía, estaba siendo más fuerte que yo.

–Bea… – era él, pero esto no estaba bien. Bruno tenía que estar en casa, esperando que yo le llamara y no delante de mí – ¿ qué haces aquí ?

–Bruno, yo… – las lágrimas empezaron a salir de mis ojos sin control – se casa, se casan. César se casa este domingo. ¡ He sido una tonta !

Sus brazos me cobijaron, como años atrás, pudiendo desahogarme sin evitarlo. Él había estado cuando lo necesitaba y ahora, aunque le había herido con mis palabras y mis acciones, seguía estando a mi lado.

–Tranquila, no te preocupes – su mano me acariciaba el cabello, al mismo tiempo que sus palabras de cariño me relajaban. – Él es el tonto al preferir una muñeca recauchutada que una belleza como tú.

Una sonrisa apareció en mi cara. Ese era el apodo que le habíamos dado a mi “amiga”, un apodo que siempre me hacía sonreír y él lo sabía muy bien.

Estábamos los dos en la calle. La lluvia caía sobre nuestras cabezas pero nos daba igual. Yo estaba entre los brazos de Bruno, mi refugio, y aunque estábamos mojados y helados, no quería apartarme de su lado.

–Nadie me va a querer nunca – me acerqué más hacia su cuerpo, buscando una mayor protección tras emitir las palabras que tanto miedo me daban.

–Bea, yo te quiero – me levantó la cabeza para que pudiera ver mi reacción – Te quiero.

–Ya, si lo sé – cuántas veces me había dicho lo mismo – Yo también te quiero, pero… Yo quiero un hombre que me ame, como debe amar a una mujer. Ser el centro de su vida, su compañera, su pasión,… y él para mí… – no sabía cómo describirlo. Bruno era mi sueño, siempre había estado enamorada de él, pero nunca había querido ilusionarme. Éramos amigos, sólo amigos, y por eso había acabado con César.

–Bea, yo te amo – su voz tomó otro matiz distinto. Sus ojos transmitían un sentimiento que yo había observado en otras ocasiones, pero que había descartado por temor a que fuera una broma.

–Bruno,… yo… – no sabía cómo decirle que yo sentía lo mismo.

Acerqué mi mano a su mejilla. Le miré a los ojos, intentando que sintiera todo aquello que por temor me había negado a decirle. Fui acercando mis labios a los suyos, requiriendo un beso que pudiera transmitirle todos mis sentimientos. Y en ese momento, en el que nuestras miradas se entrelazaron, él lo supo.

Sus labios se juntaron a los míos buscando lo que ambos habíamos ansiado durante mucho tiempo sin saberlo y que ahora, en mitad de la lluvia, habíamos encontrado.


Fin


Relato propiedad de Merche Diolch©